Un ángel coleccionaba cartas de amor con destinatario. Un diablo cigarrillos oxidados. El angel pensaba que tocaba el cielo de puntillas, el diablo lo consideraba un placer temporal. Y el amor no era amor, sino una excusa más para sufrir por propia voluntad, un saco roto de engaños que caían por su propio peso. Y las sonrisas se desdibujaban, los remordimientos nacían y la conciencia ardía y quemaba como mil demonios. Y ella ya no soñaría con príncipes azules, y él ya no se perdería en sus ojos ámbar, pobre iluso, creyendo que estaba divirtiéndose cuando se estaba enamorando. Y muy tarde se daría cuenta, muy tarde enmendaría sus errores y aprendería de ellos, la buscaría en todas partes, en las oraciones sin acabar, en ese beso sin terminar, en el destello de ese amanecer pretencioso, en ese juego de corazones pendientes. La buscaría en las nubes, en el cielo, morada de seres alados puros en corazón y alma. Pero no la encontraría, pues ella había sido seducida por el infierno. A veces es ahora o nunca, no hay segundas oportunidades.
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