Días de exámenes fatales,
lluvias torrenciales,
encontrando cobijo en una toalla con gente no tan conocida y risas improvisadas.
Días de rutina,
cercanías, más bien diría.
Chicles a tutiplén,
jumpers y demás chucherías.
De flequillos que molestaban y no dejan ver esa mirada tan viva que algunas pupilas esconden con recelo.
De conocer a la propia Dulcinea del Toboso, que supera con creces al propio Don Quijote.
Viernes a ultima hora en los que mis ángeles de la guarda se arman de paciencia y aguantan con el tipo el desastre vital que soy.
Desconfianza, enfados, silencios incómodos,
Carcajadas, bromas, confianza, cariño..
Barritas de coco o chocolate que reflejan lo que no expresan las palabras.
Carreras dignas del mejor de los campeones de las olimpiadas, los griegos estarían orgullosos o quizá somos demasiado insolentes.
Días de reflexión continua, de sensaciones amargas, soledad absoluta, extrañar las caricias y abrazos de los tuyos, días dónde maldices al sol y súplicas a la lluvia.
Días de mirar a los ojos, más allá de esa fachada que todos presentamos ante los demás, y descubrir el mundo que verdaderamente se esconde de esas personas con las que convives tanto tiempo.
Días de admirar el cielo rojizo y en ocasiones púrpura de Madrid y fantasear mediante mil poesías.
Quizá este año no ha sido tal como las expectativas lo pintaban, pero ahí reside la esencia de la incertidumbre, la magia de lo desconocido, de la aventura.
Brindemos por que cada día sea una nueva contradicción estrambótica.