Supongo, en mi humilde desasosiego, que un día el mundo olvidará mi nombre.
Los libros a los que tanto mimé entre suspiros de sorpresa, arrullos de placer y bostezos en clandestinas noches y que antaño me juraron lealtad, se rendirán ante un nuevo dueño.
Las canciones a las que tantas lágrimas dediqué y por las que tanto me desgarré cantando, sintiendo cómo cada una de sus notas amenazaban con impregnarse en mi piel, me darán la espalda, y se aliarán con el vil silencio.
Las miles de obras de arte que admiré en mi quietud ignorancia, borrarán sus girasoles, sus verdosos nenúfares, sus mitos imposiblemente esculpidos de mi mente.
Las personas a las que me entregué en todos los sentidos de los que fui capaz, me llorarán durante lunas hasta acostumbrarse a mi ausencia.
Y, entre lunas, y lunas, y lunas... mi recuerdo se desvanecerá, elevándome hacia el olvido, donde yacen las ingenuas almas que quisieron cambiar este mundo.
Así, lameremos juntas las heridas que lo terrenal nos generó y podremos descansar por fin en un éxtasis donde la imaginación no tiene barreras de metal y el hastío sea una emoción sin materia.