sábado, 11 de mayo de 2019

A veces no hay oscuridad.
Sólo un día soleado, una luz estremecedora.
Hay veces que tú misma invitas a la oscuridad. Te reconfortas en ella. Te sientes segura. A salvo. Bajas la persiana, la habitación es una dulce penumbra.


Pero ten cuidado. Quizá ésta se quede para no marcharse.
Ya sabes,
a veces somos un poco como el mar, 
que esconde los más relucientes tesoros en sus profundidades
y,
en la superficie, las canciones danzan al ritmo del oleaje,
fotografías desteñidas flotan en medio del caos,
las risas hacen eco en las burbujas, el llanto ejerce de lluvia y provoca que la playa se inunde.
Pero nosotros solo nadamos hacia el fondo, atraídos por el resplandor. Si salimos a la superficie nos terminaremos ahogando entre recuerdos.