domingo, 26 de abril de 2015

Sonreía por cortesía, atrapada en las propias tinieblas que ella misma había diseñado. Caminaba con elegancia y paso lento, desarmando a todos los presentes con su gracia divina, obsesión de los cuerdos, cura para los locos.  Bebía vino, exquisita bebida, casi tanto como ella. Y entonces, cerraba los ojos, deslizaba su rosada lengua por el abierto paladar y contemplaba las estrellas, creyendose merecedora de ellas. Se abandonaba al tacto rugoso de la alfombra, qué yacía indiferente adornada por pequeñas manchas violetas en sus laterales.

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