Cargó su última bala con suma delicadeza, disfrutando el breve momento y saboreando el éxito de su estrategia. Pronto divisó a su próxima víctima. Un inocente que desconocía que en segundos su cuerpo experimentaría un aguijonazo de dolor. Impasible, apretó el gatillo con saña, y disfruto el olor del metal caliente combinado con fresca sangre penetrando en sus fosas nasales. La víctima convulsionaba en el suelo ajena a sus pensamientos. La observó con desconfianza. Cuando se cercioró de que esta exhalaba su ultimo suspiro alzó sus catalejos, inconfundibles en el rojizo atardecer
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