jueves, 13 de noviembre de 2014

El veneno se expande por  todo mi cuerpo inmovilizandome cómo unas esposas invisibles. Puedo sentirlo. El arma letal me matará en unos cuantos minutos. Apenas soy consciente del fugaz movimiento de las gaviotas al posarse en la arena caliente. Sus graznidos provocan en mi cabeza un latido sordo constante. No puedo más que, con el amargo sabor del final en mi boca mirar por última vez la puesta de sol y aspirar el olor de las olas qué descansan en el mar resacoso. No sé cuanto tiempo me queda, ni tampoco quiero saberlo. Mi mente, como por instinto intenta evocar una retahíla de mágenes y recuerdos de un pasado demasiado lejano. Los párpados comienzan a pesarme y mís piernas están entumecidas. Ha llegado la hora. Una luz me ciega por completo y dirigó mi ultima mirada al rojizo cielo y mis últimas palabras balbuceando: ¡Oh mundo, mundo sangriento, mundo astuto, mundo solitario  mundo devastador , mundo esperanzador, me despido de ti embargada en una ilusión merecedora, adiós olores exquisitos, hasta luego melodías penetrantes, nos veremos sueños conciliadores, hasta siempre historias fantasiosas! Tras esto, mis músculos se agarrotan, mis pupilas se dilatan y mi cuerpo se desploma.  Ya no queda nada de mí. Mi alma vaga deambulando en las estrellas, y mis pensamientos flotan en alguna parte. Mis deseos se han cumplido.

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