martes, 6 de octubre de 2015

Tan clara era aquella rosa,
que cien mil margaritas la envidiaban.
La rosa era sencilla, proporcionaba cobijo a insectos más pequeños, deslumbraba sin quererlo.
Las margaritas se afanaban en parecerse a ella, sin éxito alguno.
La rosa, por esta razón estaba sola, sin que ninguna flor compartirse con ella los atardeceres o las torrenciales lluvias.
Pero, como todo,
llegó un girasol. Si, y brillaba más que el propio sol.
Todas las margaritas quedaron prendadas de él y exhibían sus mejores pétalos para conquistarla.
La rosa, aunque inocente y cohibida también quería llamar la atención del girasol.
El girasol, no tan acostumbrado a tantas muestras de amor, intentó conocer a las margaritas pero todas eran iguales. Sus tallos, su néctar, sus pétalos eran como calcos. El girasol se decepcionó.
Entonces, conoció a la rosa y vislumbró su coraje, su brillo, su color, y así fue,
como la rosa y el girasol, sin esperarlo, sin buscarlo,
unieron sus raíces.
A veces, necesitas conocer a mil personas iguales para encontrar una verdadera diferente.

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