Me quedo muda
cuándo me miro en el reflejo del espejo.
En el reflejo de los charcos que regala mi
adorada lluvia.
Chispea,
Pero no fuera,
Diluvia dentro, muy dentro de mí.
Mis párpados se encogen, recelosos.
Mis rodillas se sacuden violentamente,
luchando por ese equilibrio que hace
tanto tiempo me abandonó.
Llevo sosteniéndome sobre un fino hilo desde
hace algo más de un año.
No lo percibía, pero cada vez que resbalaba,
ella tomaba la partida.
Sigilosa, cauta, inteligente.
No solo aparecía cuándo la luna relevaba al
sol y la oscuridad se cernía sobre los mortales.
También deslumbraba en los rayos fulgurantes
de sol y, en la pacifica brisa que te hace exasperar mientras intentas en vano apartar el cabello de tu cara, ahí
permanecía.
Estaba en todas partes.
Se iba colando poquito a poquito, en las
ínfimas rendijas que mi mente y mi
cuerpo le brindaban.
Todo carecía de color.
Los árboles ya no saludaban agitando sus
extravagantes ramas, los semáforos ya no echaban un pulso, las sonrisas de la
gente eran muecas de hastío.
A mí, que tanto he amado el color negro, debo
admitir que necesito un poco de verde.
Mentiría si no dijera que siento que lucho sola, completa y únicamente sola contra
ella, pero, supongo, que así debe ser.
Las personas te quieren. Pero te quieren bien.
Los humanos odiamos los sentimientos de impotencia,
de nostalgia, de tristeza.
No sabemos cómo reaccionar ante ellos. Que
herramientas, que armas usar.
Así que nos hacemos a un lado.
Me encuentro en una vorágine de sentimientos
que amenazan con despojarme de mi autentico ser.
Es todo tan trágico y tan poético, a la vez.
¿Volveré a sentirme acompañada? ¿A sentir
ilusión?
Quizá sí, quizá no.
La única certeza que ahora mismo poseo es que
te has convertido en mi mejor amiga, Ansiedad.
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