Hoy el café huele a ti. Si, ya está. Lo he dicho. Huele a tí. Y su aroma se impregna en mi ropa, en mis gestos, en mis suspiros. ¿Suspiros que huelan a café? Hoy el cielo me recuerda a tí. Azul eléctrico, encapotado, rodeado de miles de pretendientas, nubes se hacen llamar, que hacen cola para exhibir sus mejores galas. Pero ahí estás tú. Por más lluvia que se haga presente, por más granizo y por más nieve, por más ventisca y por más aire, las rechazaras y brillarás. Brillarás. Y tu brillo será aquel recuerdo amargo que se deja caer en la noche de un domingo, cómo aquella imagen que se disipa lentamente de tu memoria aunque te esfuerces por lo contrario, cómo esa mota de polvo olvidada en algún rincón somnoliento. Quizá sea yo, que todo me recuerda a tí. Quizá sea el paisaje, tratando de torturarme. O quizás seas tú, intentando engatusarme. Quién sabe. La verdad morirá de cualquiera manera, y, ni tu ni yo seremos sus asesinos. De momento, me quedaré empapado por una torrencial lluvia de agosto aspirando un curioso aroma a café. ¿Capuccino, quizá?
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