Y caemos. Nos precipitamos lentamente y pausadamente al gran abismo, y entonces recordamos. Recordamos lo bueno. Lo verdadero. Lo imprescindible. Lo cruel. Lo sincero. Lo falso. Todos los matices que hemos tenido a lo largo de este juego inocente llamado vida. Y nos arrepentimos de haber tomado algunas decisiones, pataleamos y nos quejamos. O bién brindamos por haber sabido elegir lo que nos convenia. Echamos de menos aquellas momentos que sabemos que no volverán a repetirse nunca más. Nunca. Ya han pasado. No hay marcha atrás. No se puede rebobinar cual video en una cámara. Lo hecho hecho está. Y extrañamos a esas personas que lo han dado todo por nosotros,que nos han salvado con tal solo una palabra o un acto,que han sido nuestros compañeros en la larga travesía de los años. Recordamos nuestra infancia, tan dulce, tan inocente, tan estimulante. Después la adolescencia, tan cruel,tan placentera, tan problemática. La madurez, que llega cuando menos te lo esperas,que nos hace abrir los ojos para ver lo que antes no veíamos. Para hacernos comprender cosas antes incomprensibles. Para hacernos vivir nuevas experiencias. Y así pasa la vida, en diferentes etapas que a veces nos confunden, nos marean. Y
cuando menos te lo esperas abandonas
ese juego, bién porqué te ganan o porqué te rindes. La razón está de más. Exhalas tu último aliento y te despides de los tuyos. De tu familia. De tus amigos. De tus enemigos. De este mundo que aunque cada vez más frágil te ha dado lecciones, te ha abierto sus puertas. Y cierras los ojos, consciente de que nunca volverás a parpadear. De que ahora toca descansar. Y quién sabe, igual la próxima parada es el paraíso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario