Enfríaba la ansiedad que tanto la consumía, en secreto, sin que nadie se percatase, en las gélidas calles de Madrid, durante sus paseos matutinos, la nostalgia y incertidumbre parecían esfumarse gracias a sus adoradas canciones.
Peregrinando entre los matices de las rojizas hojas que descansaban en el sinuoso camino, se sentía libre, en las madrugadas, su soga se aflojaba y su mente le daba una pequeña pero merecida tregua.
Alessia Tondo recitaba dulcemente en el idioma más nostálgico acompañando a la Nuvole Bianche del virtuoso Einaudi.
No había un por qué. Nunca lo había habido. Y quizá eso era lo más absurdo y complicado de todo. El tiempo transcurría, se mecía con sigilo ante sus pupilas, advirtiendo, vigilando cada uno de sus pasos, apresurándole, recordandole la proximidad del futuro. Podía sentir el eco del tic-tac latiendo en sus sueños.
Todos los días intentaba ponerse a sí misma nuevas metas, intentaba hallar la felicidad en las carcajadas que las personas que quería le brindaban, en la suerte que tenía por tener determinadas cosas, en decirse a sí misma que la soledad no era tan mala, que tenia que aceptar que todos, tarde o temprano, se irían.
Más, cuando Selene relevaba a Helios, todos sus monstruos se fundían conjurando a las estrellas una agonía invisible que le hacía capaz de sonreír y disfrutar frente a los demás pero marchitaba su esperanza interiormente.
Pasaría. Siempre se decía a si misma. Pasaría.
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