sábado, 29 de octubre de 2016

Supongo que hay momentos en los que te quedas sin palabras.
Enmudeces.
Y supongo que incluso a veces estas son insuficientes para explicar la sensación que se agolpa día a día en tu interior cómo una bomba de relojería que abruma con su tic-tac.

Supongo que las palabras no describen las horas pasar junto a la ventana, las miles de huellas hendidas en el asfalto caliente de la carretera, los pitidos de los taxis que, apresurados por cumplir con su labor se enzarzan en continuas discusiones agotando sus pobres pulmones. Supongo que está bién cerrar los ojos y desaparecer de ese caos de gente y de ruidos, de rayos de sol que serpentean sobre tu rostro y gotas de lluvia que empapan el alféizar de la ventana.
 
Supongo que es aceptable respirar el aire puro de la madrugada y no querer soltarlo.
Supongo que no es éticamente correcto querer aislarte del mundo completamente durante un tiempo prolongado, sin noticias del exterior, sólo pensar,
y pensar,
y disfrutar de u propia compañía,
y recitar las más celebres poesías jamás escritas,
acompañadas de las melodías mas dolorosas e increíblemente bellas
que nuestros antecesores nos legaron
Hay personas que disfrutan de la soledad a la vez que la aborrecen. Es cómo nuestra cadena que resguarda pero ata. Es cómo el atardecer, quién da paso a la noche resistiéndose hasta el último segundo, envidioso de que esta sea objeto de suspiros de los amantes, de las mas mácabras ideas, de los insomnios más codiciados, de los pensamientos más despiertos..

Supongo que los que encontramos cierto placer
 en la nostalgia,
la melancolía,
la serenidad..
somos una raza a punto de extinguirnos.





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