domingo, 13 de marzo de 2016

Supongo que cuando una relación cambia, sea de amor o amistad, el primer impulso que te sale es el de odiar a esa persona. O, más bién, de querer odiarla. Sientes una sensación de impotencia que acapara todos tus pensamientos por días, incluso meses, dependiendo del grado de cariño o sentimiento. Te preguntas por qué os habeis alejado, por qué te ha reemplazado, por qué prometió cosas qué hoy echa por tierra, por qué eres tan prescindible para todos. La distancia es sabia consejera. Une o separa, pero nada deja igual. Te da el empujoncito para darte cuenta quién de verdad te necesita en su vida, a quién le preocupas, quién lucha por y contra las circunstancias por muy adversas que resulten para estar a tu lado. 
Y sufres, y lloras, y te desanimas. Ya que, ¿si una persona te importa, no se concibe de otra forma, verdad? 
Pero, una vez más, el tiempo es el sanador de todas las heridas. te recompone, te hace abrirte a más gente, te hace volver a confiar, volver a crear nuevos momentos y recuerdos posteriores.
No os equivoquéis, esos antiguos recuerdos no quedan reducidos a cenizas. Si una persona te ha marcado, si de verdad has querido a una persona, por mucho que pase, por mucho que ocurra, nunca la olvidarás. Para bién o para mal. Los caminos se separan, incluso de las personas con las que un día juraste compartirlos. Y hay que aprender a aceptarlo. A vivir sin ellas. Ya que, si ellas pueden vivir sin nosotros, ¿por qué no podriamos hacer nosotros lo mismo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario