martes, 15 de septiembre de 2015

Mirándolo detenidamente, aquello era el paraíso.
Ninfas con guirnaldas adornando sus cabezas, perseguían por el  sendero que iniciaba el bosque a los sátiros, quienes trotaban sobre sus dos patas, excitados por aquel simple juego.
Hermosos centauros dormitaban en los prados con el único abrigo de el soleado cielo. Semidioses batían el lindero del valle en busca de los peores monstruos una vez imaginados. Los cíclopes, originales criaturas provistas de un único ojo discutían en una partida de cartas que tenia pinta de todo menos 'amistosa'.Las sirenas chapoteaban en el cristalino arroyo, tentando a los pocos semidioses que no habían ido de caza. Las ranas croaban. Los cervatillos despistaban con esos grandes ojos. Las águilas volaban majestuosas. Y, si mirabas bién, allí estaban. Si agudizabas el oído se podía distinguir el sonido de la lira tocada por nadie más y nadie menos que el dios Pan y el dios Apolo, pues ambos compartían el exquisito gusto por la música. Tras unos frondosos pero visibles arbustos, Atenea se hallaba sentada sobre una roca estudiando concentrada tácticas de combate. Incluso daba la impresión de que no parpadeaba. El atemorizante Zeus se encontraba leyendo recostado en el tronco del árbol que custodiaba la esencia de su valiente hija. Thalia. Poseidón, un poco más alejado, vestido de pescador intentaba llevarse como botín algunos peces, más estos, ignorantes de que se hallaban ante su rey, se resistían a ser atrapados. En el aire se palpaba el olor de la uva, un olor casi meloso, y es que Dionisio se encargaba, como todos los años en esa época de su actividad favorita por excelencia, la vendimia. Si te fijabas bién podías alcanzar a ver a Hermes, quién corría de un lado a otro enviando y recibiendo mensajes. Marte, imparable como ninguno se hallaba sensiblón, y ¿como puede ser posible esto? Pues porque ni más ni menos, paseaba de la mano junto a su amada Afrodita. Hera preparaba a las jóvenes ninfas que pronto se casarían, dándoles consejos y futuras premisas. Y, por último Hades, solitario, resucitaba y hacía florecer margaritas, lavandas, rosas..
Así era su mundo. No todo era perfecto, no todo era sencillo, pero él pertenecía allí. Ahora estaba seguro.

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