viernes, 14 de agosto de 2015

Había procurado evitar lo inevitable. Alargar el momento. Más no le funcionó. Sentada en su cama, se hallaba delante de su portátil, con la imaginación vacía, los sueños olvidados, las palabras esfumadas. Era real. No podía escribir. Ya no habría mas pensamientos de todos los géneros y caracteres invadiendo su mente, nublando su cordura, opacando el reloj de arena que se hace llamar tiempo. No habría más rimas, no habría poesía. No habría encanto, no habría magia, ella la había matado. Fingiendo o aparentando ser una persona que nunca había sido y que nunca seria sacrificó su mas preciado don. El desprecio al arte, se pagaba caro, reconoció. Y ella había sido una ilusa al pensar que podría adelantarse a la literatura, tomar sus riendas. Claro, que en ese entonces ella desconocía que la literatura, fruto bastardo, era libre como la águila que simboliza la propia libertad, era singular, era un arte milenario que no se podía abandonar de la noche a la mañana. Si ella te escogía, te hacia su discípulo, no había marcha atrás. Y, en cierto modo, no la había.

No hay comentarios:

Publicar un comentario