domingo, 10 de agosto de 2014

Beatiful place.

El horizonte limpio y claro se mostraba ante él. A través del grueso cristal de su ventana contemplaba el amanecer de aquel nuevo día. Las gaviotas, serenas hasta ese momento, alzaron sus majestuosas alas y planearon hacia la extensa playa de arena blanca y agua color esmeralda. El mar se encontraba tranquilo y ofrecía una vista lujosa, capaz de borrar de tu cabeza cualquier pensamiento por un minuto. Andrés se llevo la taza de zumo de uva natural que sostenía entre sus finos dedos a su boca y lo saboreó lentamente, disfrutando del dulce sabor y de la exquisita vista que tenía ante sus ojos. Decidió vestirse y dar un paseo para despejarse. Se enfundó sus zapatillas de adidas favoritas, un pantalón corto de deporte y una camiseta de tirantes que marcaba sus fuertes brazos y sus abdominales tonificados. Salió al exterior, la suave brisa marina le alcanzó y hizo ondear su pelo negro como el azabache.  Caminó por un camino empedrado que acababa en el faro. Andrés se sentó en uno de los muchos bancos y admiró su entorno. Ese lugar le transmitia paz y tranquilidad. Era de esos lugares que son únicos en el mundo, que te hacen ver y reflexionar las cosas desde otra perspectiva. Andrés había hecho bién en mudarse. Ahora lo veía claro.

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